martes, 22 de marzo de 2011

LA DEPENDENCIA SUMERGIDA

La dependencia sumergida

La Ley de la Dependencia establece la obligatoriedad de atender, de manera específica, la calidad en el empleo

La Ley de la Dependencia se perfila, cada vez más, como una de las más fracasadas en la Comunitat Valenciana.

La normativa se aprobó el 14 de diciembre de 2006 y, desde entonces, pocos son los que están recibiendo la prestación, y pocos son también los que reciben los cuidados que merecen, por no citar los casos en los que la persona dependiente ha fallecido mientras se tramitaba la prestación.

Desde el Consell no han facilitado datos pero se estima que en la provincia de Castelló, a 1 de enero de 2011, se han registrado 12.545 solicitudes.

De ellas, sólo el 35 por ciento (4.431) se han resuelto, y la persona beneficiaria está recibiendo alguna prestación. Los datos colocan a Castelló como una de las provincias en las que menos prestaciones se aprueban en toda España.

Quizá sea esta situación la que haya propiciado lo que se podría llamar la dependencia sumergida. La necesidad de tener a un cuidador, el bajo poder adquisitivo de los pensionistas y el aceptar un trabajo sin atender a las condiciones laborales han dado forma a la figura de la cuidadora explotada.

El objetivo de la Ley de la Dependencia –aprobada por el Gobierno central pero gestionada por la Generalitat– era proteger a las personas que ya no se valen por sí mismas y proteger a las personas que han de cuidar de ellos.

En uno de sus artículo se dice, textualmente, que «se atenderá, de manera específica, la calidad en el empleo y se promoverá la profesionalidad».

Pero en la trastienda de este idílico artículo se esconde una verdad más negra.

Centenares de mujeres que trabajan más de doce horas al día –algunas internas–, cuidando a enfermos y mayores y que apenas cobran entre 400 y 600 euros, 700 en el mejor de los casos, y sin contrato. Y lo más pesaroso es que se sienten afortunadas.

María es un ejemplo.

Tiene 50 años, vive en Castelló y es latinoamericana.

En el semáforo de delante del hospital General se anuncia como una señora responsable y madura; con experiencia en el cuidado de personas mayores.

Lleva casi veinte años en España y, en este tiempo, ha cuidado a varios abuelos en casas privadas, también ha estado un geriátrico y, además, trabajó en una fábrica. De todos sus empleos, el más precario ha sido el cuidado de mayores, pese a que es titulada en cuidados geriátricos.

El primer trabajo fue el más duro. No tenía papeles y asegura que «se aprovecharon». «Trabajaba todo el día y me pagaban 400 euros al mes, sin contrato. Estuve nueve meses. Acababa de llegar al país y no tenía otra cosa».

Además de las atenciones que requiere una persona mayor (levantarlo, vestirlo, darle de comer, cambiarle los pañales, sacarlo a pasear,...), María también hacía las labores de la casa cuando se le pedía, y por el mismo precio, sin horas extras que valgan. Ahora las cosas no están mucho mejor.

Está dispuesta a trabajar en el horario que se le pida, y al precio que sea.

Ella solía pedir seis euros la hora pero la feroz competencia ha bajado su caché hasta los tres euros, precio por el que se llegan a ofertar la mayoría de las mujeres.

Pese a todo, en su voz no se nota cansancio ni resignación, todo lo contrario. María echa de menos la compañía de sus abuelitos –como les llama–. «Te llegas a encariñar con ellos, los ves tan mayores, tan indefensos,... que lo único que te preocupa es que ellos estén bien».

Marina es otro caso.

Es rumana y reside en Castelló desde hace ocho años. También se ofrece para cuidar a personas dependientes. En su anuncio, colgado en el mismo semáforo que en el que estaba el de María, una frase delata la guerra abierta para encontrar empleo a toda costa: «No importa horario».

Tiene 46 años, no habla bien español pero hay frases que las tiene bien aprendidas: «Estoy disponible todo el día y la noche, y también cuido en el hospital». Ella tampoco sabe lo que es un contrato, aunque dice que no le ha ido mal, «yo he estado cobrando 700 euros al mes».

Es uno de los sueldo más altos, pero el trabajo que realizaba bien lo merece. Estaba interna cuidado a un anciano de lunes a domingo, sólo tenía un par de horas por las tardes.

Además, también limpiaba la casa, planchaba, hacía la comida,... Así estuvo tres años y para Marina no fue nada pesado, asegura. «Creo que es como cualquier ama de casa. Muchas mujeres tienen que cuidar a familiares y encima no les pagan», comenta.
Los anuncios de Marina y María no son los únicos.

En ese mismo semáforo se agolpan hojas de bloc, unas encima de otras, escritas a máquina o a mano. «Señora de 50 años se ofrece para cuidar personas mayores por las tardes o por las noches, en casa o en el hospital». «Se ofrece mujer para cuidar enfermos». «Señora responsable se ofrece para cuidar niños, mayores y enfermos a cualquier hora».

Todos ellos tienen un triste denominador común: la desesperada búsqueda de trabajo, pese a que ello implique sacrificar la vida personal.

Aunque ahora parezca que estos anuncios están motivados por la crisis económica, lo cierto es que ya se veían desde mucho antes.

El cuidado de ancianos ha sido siempre un recurso «fácil» para encontrar empleo. La falta de plazas públicas en los centros de día y el alto coste de las residencias privadas (algunas llegan a costar 2.000 euros al mes) hacen de las cuidadoras una pieza clave, y barata, para la atención de nuestros mayores.

Lo que sí ha despertado la actual coyuntura laboral ha sido la lucha por conseguir el empleo a toda costa. Ello ha motivado que el sueldo baje a cifras difíciles de aceptar.

Algunas de estas mujeres trabajan por tres euros la hora, sin horario y con plena disponibilidad convirtiéndose en unas cuidadoras explotadas.

El debate está en calle y pasea de la mano de aquellos que ya no se valen por sí mismos y necesitan cuidados permanentes, y de mujeres dispuestas a todo para conseguir unos ingresos mínimos.

En este planteamiento faltaría colocar a las administraciones y sindicatos, dos agentes que deberían velar por que todos tuvieran un trabajo digno. En estos casos, y pese a la necesidad de tener un puesto de trabajo, no vale mirar hacia otro lado.

Fuente : levante-emv.com/portada-castello

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